domingo, 14 de septiembre de 2008

Anne de Tejas Verdes, de L.M. Montgomery


Anne es una niña huérfana quien llega a la Isla Príncipe Eduardo, Canadá, debido a un equívoco. El par de hermanos solterones Cuthbert requerían de un chico que se ocupara de las tareas del campo; sin embargo, el destino quiere algo diferente y en su lugar, llega esta niña pelirroja, Anne Shirley. Pese a que en un inicio Marilla, uno de los hermanos, no la acepta; posteriormente se va encariñando con ella y su deseo de educar a esta pequeña salvaje pueden más.

Anne encanta, le gusta imaginar historias, quiere ser escritora. Y lleva estas historias a su diario vivir, bautizando cada uno de los lugares de la Isla con nombres más apropiados. Aquí conocerá la amistad, el amor paternal, que no ha tenido y vivirá una serie de aventuras a las que está continuamente expuesta.




































Lucy Maud Montgomery






Acerca de la escritora, podemos decir que:






"Lucy Maud Montgomery nació en 1874 en Clifton, isla de Prince Edward, Canadá. Quedó huérfana de madre a los dos años de edad y se educó con sus abuelos maternos en Cavendish. En 1890 fue a vivir con su padre, que se había vuelto a casar, pero no logró adaptarse. Cursó luego estudios universitarios y trabajó como maestra en varios pueblos de su isla natal. En 1898 regresó a Cavendish para vivir con su abuela. En 1902 se desempeñó como periodista del Daily Echo de Halifax. Pero fue en Cavendish donde creó la famosa saga de Anne. Al morir su abuela se casó con el reverendo Ewen MacDonald, estableciéndose en Ontario primero y luego en Toronto. Tuvieron dos hijos. La señora Montgomery escribió más de veinticinco libros que se han convertido en clásicos de la literatura juvenil universal. Murió en 1942. Lejos estaba de imaginar que luego de la guerra su obra sería inmensamente popular en Japón, desde donde aún hoy peregrinan turistas hacia su querida isla en busca de la mítica Tejados Verdes. "




























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"La señora Rachel llamó cortésmente y entró en cuanto la invi­taron a hacerlo. La cocina de «Tejas Verdes» era un lugar alegre; o lo hubiera sido de no estar tan dolorosamente limpia. Sus ventanas daban al este y al oeste. Por la del oeste, sobre el jardín del fondo, entraba la suave luz de junio; pero la del este, desde la que se gozaba de la vista de los capullos blancos de los cerezos del huerto y los abedules esbeltos y cabeceantes de la hondonada del arroyo, estaba reverdecida por una parra. Allí se sentaba, cuando lo hacía, Marilla Cuthbert, siempre ligeramente desconfiada de la luz del sol, que le parecía demasiado danzarina e irresponsable para un mundo destinado a ser tomado en serio; y allí estaba aho­ra, tejiendo, y la mesa ya se hallaba preparada para la cena.
Antes de haber terminado de cerrar la puerta, la señora Rachel ya había tomado nota mentalmente de todo lo que había sobre la mesa. Eran tres platos, de manera que Marilla debía estar espe­rando a alguien que vendría con Matthew a cenar; pero los platos eran de diario y con sólo manzanas agrias en almíbar y una única clase de pastel. Por lo tanto, la visita esperada no debía ser extraordinaria. Entonces, ¿a qué venía el cuello blanco de Matthew y la yegua alazana? La señora Rachel casi se mareaba ante este extraño misterio en la tranquila y poco misteriosa «Tejas Verdes».
—Buenas tardes, Rachel —dijo Marilla enérgicamente—. Es una tarde realmente hermosa, ¿no es cierto? ¿No quiere tomar asiento? ¿Cómo están los suyos?
Entre Marilla Cuthbert y la señora Rachel existía desde siem­pre algo que, a falta de mejor nombre, podía llamarse amistad, a pesar —o quizá a causa— de su diferencia.
Marilla era una mujer alta y delgada, angulosa y sin curvas; su cabello oscuro dejaba entrever algunas hebras grises y siem­pre estaba recogido en un pequeño moño con dos horquillas agresivamente clavadas. Tenía el aspecto de una mujer de mente estrecha y conciencia rígida, y así era; pero había una cierta pro­mesa en sus labios que, de haber sido ligeramente desarrollada, podría haber sido indicativa de sentido del humor.
—Estamos todos bien —dijo la señora Rachel—. Aunque, al ver partir a Matthew, temí que quizá vosotros no lo estuvierais. Creí que a lo mejor iba a buscar al médico.
Marilla hizo una mueca de comprensión. Esperaba a la seño­ra Rachel; suponía que ver la partida intempestiva de Matthew iba a ser demasiado para la curiosidad de su vecina. —Oh, no, estoy bien aunque ayer tuve un dolor de cabeza te­rrible —dijo—. Matthew fue a Bright River. Esperamos a un chiquillo de un orfanato de Nueva Escocia y llega en el tren de esta noche.
La señora Rachel no se hubiera sorprendido más si Marilla le hubiese dicho que Matthew había ido a Bright River a recibir un canguro de Australia. Quedó muda durante cinco segundos. No podía suponer que Marilla se estuviese divirtiendo a su costa, pero la señora Rachel casi se vio obligada a creerlo.
—¿Lo dice en serio, Marilla? —preguntó cuando recobró la voz.
—Por supuesto —dijo Marilla, como si acoger chicos del or­fanato de Nueva Escocia fuera parte de la tarea común de prima­vera en cualquier granja bien administrada de Avonlea.
La señora Rachel sintió que había recibido una fuerte impre­sión. ¡Un chiquillo! ¡Marilla y Matthew Cuthbert adoptando un chico! ¡De un orfanato! ¡Vaya, por cierto que el mundo andaba patas arriba! ¡Después de esto, nada podría sorprenderla! ¡Nada!
—¿Quién le ha metido esa idea en la cabeza? —preguntó en tono de reproche.
Aquello había sido hecho sin solicitar su consejo y por lo tan­to debía ser reprobado.
—Bueno, lo estuvimos pensando durante un tiempo; en reali­dad durante todo el invierno —contestó Marilla—. La señora de Alexander Spencer vino por aquí un día antes de Navidad y dijo que le iban a enviar una niña del orfanato de Hopetown en prima­vera. Su prima vive allí y la señora Spencer la ha visitado y sabe cómo funciona. De manera que Matthew y yo hemos estado ha­blando sobre esto desde entonces. Pensamos acoger un chico. Matthew está entrado en años (tiene sesenta, sabe usted), y ya no es tan activo como antes. Su corazón le molesta bastante. Y ya sabe lo difícil que es encontrar buenos trabajadores. No se puede obtener nada aparte de esos estúpidos muchachos franceses a medio desarrollar; y en cuanto se ha conseguido que uno de ellos se acostumbre a nuestra manera de ser y se le ha enseñado algo, parte hacia las fábricas de conservas de langostas o hacia los Estados Unidos. Al principio, Matthew pensó en un muchacho de Inglaterra, pero le dije directamente que no. «Puede que estén muy bien, no digo que no; pero no quiero vagabundos lon­dinenses», le dije. «Tráeme por lo menos un nativo de estos lu­gares. Habría un riesgo, no importa a quién consigamos. Pero me sentiré más tranquila y dormiré mejor si conseguimos un ca­nadiense.» De manera que al fin decidimos pedir a la señora Spencer que nos eligiera uno cuando fuera a buscar a su niña. La semana pasada supimos que iría y le mandamos decir por los pa­rientes de Richard Spencer en Carmody que nos trajera un mu­chacho inteligente y bien parecido, de unos diez u once años. Decidimos que ésa sería la mejor edad; lo suficientemente mayor como para que preste ayuda en las tareas domésticas y lo sufi­cientemente pequeño como para que se le pueda enseñar en la debida forma. Pensamos darle un buen hogar y educación. Hoy, el cartero trajo de la estación un telegrama de la señora de Alexander Spencer diciendo que venía esta tarde en el tren de las cinco y media. De manera que Matthew fue a Bright River a bus­carlo. La señora Spencer lo dejaría en la estación. Ella va a White Sands.
La señora Rachel se preciaba de decir siempre lo que pensa­ba; procedió a hacerlo ahora, habiendo ajustado su actitud men­tal ante estas noticias sorprendentes.
—Bien, Marilla, le diré claramente que pienso que está co­metiendo un terrible error; una cosa arriesgada, eso es. No sabe usted lo que recibe. Trae a su casa y a su hogar a un niño extraño y no sabe nada sobre él, ni qué carácter tiene, ni qué padres tuvo, ni qué clase de persona resultará. Fíjese que sólo la semana pa­sada leí en el periódico que una pareja del oeste de la isla había adoptado un niño de un orfanato y éste pegó fuego a la casa la primera noche; adrede, Marilla, y casi los convirtió en cenizas cuando dormían. Y sé de otro caso de un muchacho adoptivo que acostumbraba sorber huevos; no pudieron conseguir que de­jara de hacerlo. Si me hubieran pedido consejo sobre el asunto, les habría dicho que hicieran el favor de no pensar en tal cosa, eso es.
Este consuelo de Job no pareció ni alarmar ni ofender a Mari­lla, que siguió tejiendo tranquilamente. —No niego que hay algo de verdad en lo que dice, Rachel. Yo misma he tenido algunos escrúpulos de conciencia. Pero Matthew estaba firmemente decidido; de manera que cedí. Es tan raro que Matthew se empecine en algo, que cuando lo hace, siempre siento que es mi deber ceder. Y en lo que se refiere al riesgo, lo hay en casi todo lo que uno hace en este mundo. Hay riesgos en los niños propios si llega el caso; no siempre resultan buenos. Y además, Nueva Escocia está cerca de la isla. No es como si viniera de Inglaterra o de los Estados Unidos. No puede ser muy distinto de nosotros.
—Bueno, espero que resulte bueno —dijo la señora Rachel, con un tono que indicaba claramente sus dudas—. Pero no diga que no la previne si quema «Tejas Verdes» o echa estricnina en el pozo; supe de un caso en Nueva Brunswick, donde uno del or­fanato hizo eso, y toda la familia murió presa de horribles sufrimientos. Sólo que en ese caso era una niña.
—Bueno, no tendremos una niña —dijo Malilla, como si el envenenar los pozos fuera una tarea femenina y no hubiera nada que temer a ese respecto en el caso de un muchacho—. Ni soña­ría en traer una niña para criarla. Me sorprende que la señora de Alexander Spencer lo haga. Pero ella no dudaría en adoptar todo el orfanato si se lo propusiera.
A la señora Rachel le hubiera gustado quedarse hasta que Matthew volviera a casa con su huérfano importado. Pero refle­xionando que pasarían dos buenas horas hasta que llegara, deci­dió ir a lo de Robert Bell y contarle la novedad. Por cierto que causaría una primerísima sensación y a la señora Rachel le gus­taba enormemente provocarlas. De manera que partió, para tran­quilidad de Marilla, pues ésta sentía revivir sus dudas y temores bajo la influencia del pesimismo de la señora Rachel.>








Videos de la serie: Anne de Green Gables, inspirada en la obra de Lucy Maud Montgomery.
























Si quieres bajar el libro, Click aquí:
http://www.bibliotheka.org/?/ver/8798

At seventeen - Janis Ian

Supe la verdad cuando tenía diecisiete años.
Que el amor era para las reinas de la belleza,
y para las chicas de instituto con sonrisas perfectas
que se casan jóvenes y luego se retiran.
Los días de San Valentín que nunca conocí,
la farsa de las noches de viernes de la juventud que
fue llevada a cabo por chicas mas guapas.
A los diecisiete aprendí la verdad.


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Letra original:
I learned the truth at seventeen
That love was meant for beauty queens
And high school girls with clear skinned smiles
Who married young and then retired
The valentines I never knew
The Friday night charades of youth
Were spent on one more beautiful
At seventeen I learned the truth
And those of us with ravaged faces
Lacking in the social graces
Desperately remained at home
Inventing lovers on the phone
Who called to say, "come dance with me"
And murmur vague obscenities
It isn’t all it seems at seventeen
A brown eyed girl in hand-me-downs
Whose name I never could pronounce said
Pity, please, the ones who serve
They only get what they deserve
The rich-relationed home-town queen
Marries into what she needs
With a guarantee of company and haven for the elderly
Remember those who win the game
Lose the love they sought to gain
In debentures of quality
And dubious integrity
Their small town eyes will gape at you in
Dull surprise when payment due
Exceeds accounts received at seventeen
To those of us who knew the pain
Of valentines that never came
And those whose names were never called
When choosing sides for basketball
It was long ago and far away
The world was younger than today
And dreams were all they gave for free
To ugly duckling girls like me
We all play the game and when we dare
To cheat ourselves at solitaire
Inventing lovers on the phone
Repenting other lives unknown
That call and say, "come dance with me"
And murmur vague obscenities
At ugly girls like me, at seventeen

Traducción:
Supe la verdad cuando tenía diecisiete años.
Que el amor era para las reinas de la belleza,
y para las chicas de instituto con sonrisas perfectas
que se casan jóvenes y luego se retiran.
Los días de San Valentín que nunca conocí,
la farsa de las noches de viernes de la juventud que
fue llevada a cabo por chicas mas guapas.
A los diecisiete aprendí la verdad.
Y todas aquellas de nosotras, con nuestra cara marcada,
fuera de los círculos sociales de moda,
acabábamos desesperadas en casa,
inventando amantes con los que hablar por teléfono,
que llamaban para decirnos: "ven, baila conmigo",
y murmurándonos pequeñas obscenidades.
No es así como pasaba a los diecisiete.
Una chica de ojos marrones
cuyo nombre nunca supe pronunciar me dijo:"siento pena por aquellos que ceden.
Lo único que consiguen es lo que merecen
"La reina de la belleza de la ciudad,
se casa con la persona que necesita,
con la garantía de tener compañía y refugio cuando se haga mayor.
Recuerda a aquellos que ganan el juego.
Pierden el amor que buscaron con devoción.
Con la obiligación de encontrar algo verdadero,
de dudosa integridad,su ojos de chica de pueblo se quedarán fijos en ti,
sorprendidos cuando ven que el precio
excede la cantidad que ganaron cuando tenían diecisiete años.
Para todas aquellos de nosotras que conocimos el dolor,
de no haber tenído días de San Valentín.
Aquellas cuyos nombres nunca fueron nombrados
cuando se escogía a chicas para formar equipo de baloncesto.
Fue hace mucho tiempo, y lejos de aquí.
El mundo era más joven que hoy,
y los sueños eran gratis para
los "patitos feos" como yo.
Todos jugamos el juego, y nos atrevemos
a hacer trampas a nosotras mismas en solitario.
Inventando amantes con los que hablar por teléfono,
arrepintiéndonos de otras vidas desconocidas.
Nos llamaban y nos decían "ven, baila conmigo".
Y nos murmuraban pequeñas obscenidades.
A chicas feas como yo, a los diecisiete años.

sábado, 6 de septiembre de 2008