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martes, 15 de marzo de 2011

jueves, 5 de febrero de 2009

El extraño caso de Benjamin Button

Vi la película recientemente y concuerdo con los que dicen que es como el cuento, "Viaje a la semilla", con la diferencia que no es un "rebobinado" y que el personaje vive sus etapas con un cuerpo que no le pertenece, vale decir, es un niño, pero viejo y viceversa.
También estoy de acuerdo con el que dijo que tenía una excelente fotografía, buen maquillaje, etc. Los amaneceres del lago son de una belleza a lo igual que los movimientos de baile del personaje femenino interpretado por Cate Blanchett.
Me gustaron algunas reflexiones que se hacían y como me informé que está basado en uno de los relatos de F.S. Fitzgerald, lo busqué y lo leí y comprendí que había faltado algo en la peli y sobrado un poco. El director sólo se basó en la idea del texto del decrecimiento o involución del protagonista y construyó su propia historia.
Creo que lo valioso del la peli está en el trabajo actoral de los protagonistas y otros personajes secundarios. Representan distintas etapas de la vida de un hombre o de varios de ellos y nos convencen . Pero estoy de acuerdo en que pudo colocar más agudeza, haberlo aprovechado más.
Otro aspecto que me gustó es la música que aparece durante toda la película. Muchas referencias artísticas, visuales, auditivas y es que los lenguajes se entrecruzan para dar pie a la historia. Unos movimientos de ballet preciosos acompañados de magnífica música, etc.
Sólo como referencia, en el cuento de Fitzgerald, el personaje es un ser solo enfrentado a una sociedad incomprensiva que se deja llevar por lo que ve. Siendo bebé es anciano y se aburre de los juegos infantiles a lo que lo someten; cuando es matriculado en la Universidad se niegan a aceptarlo pues su físico no representa los 18 años que tiene y así muchos ejemplos más que hacen referencia a la tragedia del personaje, Benjamín Button, cuyo padre sí lo crió.

El extraño caso de Benjamin Button

Fue difícil vender El extraño caso de Benjamin Button (aparecido en la revista Collier el 21 de mayo de 1922). Fitzgerald le escribiría más tarde a su agente Harold Ober: « Ya seque las revistas sólo quieren mis relatos sobre chicas a la moda; los problemas que has tenido para vender Benjamin Button y Un diamante tan grande como el Ritz lo demuestran».
Benjamin Button fue su segundo relato (le había precedido The Cut-Glass BowL en 1920) de corte fantástico o superreal, un estilo en el que escribió algunos de sus cuentos más brillantes y que quizá le atraía por su tensión entre romanticismo y realismo, por el desafío que la fantasía plantea: convertir lo imposible en verosímil. Fitzgerald explicó la génesis de Benjamín Button cuando lo incluyó en sus Cuentos de la era del jazz:
«Me inspiró el cuento un comentario de Mark Twain: era una lástima que el mejor tramo de nuestra vida estuviera al principio y el peor al final. He intentado demostrar su tesis, haciendo un experimento con un hombre inserto en un ambiente absolutamente normal. Semanas después de terminar el relato, descubrí un argumento casi idéntico en los cuadernos de Samuel Butler.»

I.

Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, según me dicen, los grandes dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del recién nacido deben ser emitidos en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante. Así que el señor y la señora Button se adelantaron cincuenta años a la moda cuando decidieron, un día de verano de 1860, que su primer hijo nacería en un hospital. Nunca sabremos si este anacronismo tuvo alguna influencia en la asombrosa historia que estoy a punto de referirles.
Les contaré lo que ocurrió, y dejaré que juzguen por sí mismos.
Los Button gozaban de una posición envidiable, tanto social como económica, en el Baltimore de antes de la guerra. Estaban emparentados con Esta o Aquella Familia, lo que, como todo sureño sabía, les daba el derecho a formar parte de la inmensa aristocracia que habitaba la Confederación. Era su primera experiencia en lo que atañe a la antigua y encantadora costumbre de tener hijos: naturalmente, el señor Button estaba nervioso. Confiaba en que fuera un niño, para poder mandarlo a la Universidad de Yale, en Connecticut, institución en la que el propio señor Button había sido conocido durante cuatro años con el apodo, más bien obvio, de Cuello Duro.
La mañana de septiembre consagrada al extraordinario acontecimiento se levantó muy nervioso a las seis, se vistió, se anudó una impecable corbata y corrió por las calles de Baltimore hasta el hospital, donde averiguaría si la oscuridad de la noche había traído en su seno una nueva vida.
A unos cien metros de la Clínica Maryland para Damas y Caballeros vio al doctor Keene, el médico de cabecera, que bajaba por la escalera principal restregándose las manos como si se las lavara —como todos los médicos están obligados a hacer, de acuerdo con los principios éticos, nunca escritos, de la profesión.
El señor Roger Button, presidente de Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas, echó a correr hacia el doctor Keene con mucha menos dignidad de lo que se esperaría de un caballero del Sur, hijo de aquella época pintoresca.
—Doctor Keene —llamó—. ¡Eh, doctor Keene!
El doctor lo oyó, se volvió y se paró a esperarlo, mientras una expresión extraña se iba dibujando en su severa cara de médico a medida que el señor Button se acercaba.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el señor Button, respirando con dificultad después de su carrera—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Cómo está mi mujer? ¿Es un niño? ¿Qué ha sido? ¿Qué...?
—Serénese —dijo el doctor Keene ásperamente. Parecía algo irritado.
—¿Ha nacido el niño? —preguntó suplicante el señor Button.
El doctor Keene frunció el entrecejo.
—Diantre, sí, supongo... en cierto modo —y volvió a lanzarle una extraña mirada al señor Button.
—¿Mi mujer está bien?
—Sí.
—¿Es niño o niña?
—¡Y dale! —gritó el doctor Keene en el colmo de su irritación—. Le ruego que lo vea usted mismo. ¡Es indignante! —la última palabra cupo casi en una sola sílaba. Luego el doctor Keene murmuró—: ¿Usted cree que un caso como éste mejorará mi reputación profesional? Otro caso así sería mi ruina... la ruina de cualquiera.
—¿Qué pasa? —preguntó el señor Button, aterrado—. ¿Trillizos?
—¡No, nada de trillizos! —respondió el doctor, cortante—. Puede ir a verlo usted mismo. Y buscarse otro médico. Yo lo traje a usted al mundo, joven, y he sido el médico de su familia durante cuarenta años, pero he terminado con usted. ¡No quiero verle ni a usted ni a nadie de su familia nunca más! ¡Adiós!
Se volvió bruscamente y, sin añadir palabra, subió a su faetón, que lo esperaba en la calzada, y se alejó muy serio.
El señor Button se quedó en la acera, estupefacto y temblando de pies a cabeza. ¿Qué horrible desgracia había ocurrido? De repente había perdido el más mínimo deseo de entrar en la Clínica Maryland para Damas y Caballeros. Pero, un instante después, haciendo un terrible esfuerzo, se obligó a subir las escaleras y cruzó la puerta principal.
Había una enfermera sentada tras una mesa en la penumbra opaca del vestíbulo. Venciendo su vergüenza, el señor Button se le acercó.
—Buenos días —saludó la enfermera, mirándolo con amabilidad.
—Buenos días. Soy... Soy el señor Button.
Una expresión de horror se adueñó del rostro de la chica, que se puso en pie de un salto y pareció a punto de salir volando del vestíbulo: se dominaba gracias a un esfuerzo ímprobo y evidente.
—Quiero ver a mi hijo —dijo el señor Button.
La enfermera lanzó un débil grito.
—¡Por supuesto! —gritó histéricamente—. Arriba. Al final de las escaleras. ¡Suba!
Le señaló la dirección con el dedo, y el señor Button, bañado en sudor frío, dio media vuelta, vacilante, y empezó a subir las escaleras. En el vestíbulo de arriba se dirigió a otra enfermera que se le acercó con una palangana en la mano.
—Soy el señor Button —consiguió articular—. Quiero ver a mi...
¡Clanc! La palangana se estrelló contra el suelo y rodó hacia las escaleras. ¡Clanc! ¡Clanc! Empezó un metódico descenso, como si participara en el terror general que había desatado aquel caballero.
—¡Quiero ver a mi hijo! —el señor Button casi gritaba. Estaba a punto de sufrir un ataque.
¡Clanc! La palangana había llegado a la planta baja. La enfermera recuperó el control de sí misma y lanzó al señor Button una mirada de auténtico desprecio.
—De acuerdo, señor Button —concedió con voz sumisa—. Muy bien. ¡Pero si usted supiera cómo estábamos todos esta mañana! ¡Es algo sencillamente indignante! Esta clínica no conservará ni sombra de su reputación después de...
—¡Rápido! —gritó el señor Button, con voz ronca—. ¡No puedo soportar más esta situación!
—Venga entonces por aquí, señor Button. Se arrastró penosamente tras ella. Al final de un largo pasillo llegaron a una sala de la que salía un coro de aullidos, una sala que, de hecho, sería conocida en el futuro como la «sala de los lloros». Entraron. Alineadas a lo largo de las pareces había media docena de cunas con ruedas, esmaltadas de blanco, cada una con una etiqueta pegada en la cabecera.
—Bueno —resopló el señor Button—. ¿Cuál es el mío?
—Aquél —dijo la enfermera.
Los ojos del señor Button siguieron la dirección que señalaba el dedo de la enfermera, y esto es lo que vieron: envuelto en una voluminosa manta blanca, casi saliéndose de la cuna, había sentado un anciano que aparentaba unos setenta años. Sus escasos cabellos eran casi blancos, y del mentón le caía una larga barba color humo que ondeaba absurdamente de acá para allá, abanicada por la brisa que entraba por la ventana. El anciano miró al señor Button con ojos desvaídos y marchitos, en los que acechaba una interrogación que no hallaba respuesta.
—¿Estoy loco? —tronó el señor Button, transformando su miedo en rabia—. ¿O la clínica quiere gastarme una broma de mal gusto?
—A nosotros no nos parece ninguna broma —replicó la enfermera severamente—. Y no sé si usted está loco o no, pero lo que es absolutamente seguro es que ése es su hijo.
El sudor frío se duplicó en la frente del señor Button. Cerró los ojos, y volvió a abrirlos, y miró. No era un error: veía a un hombre de setenta años, un recién nacido de setenta años, un recién nacido al que las piernas se le salían de la cuna en la que descansaba.
El anciano miró plácidamente al caballero y a la enfermera durante un instante, y de repente habló con voz cascada y vieja:
—¿Eres mi padre? —preguntó.
El señor Button y la enfermera se llevaron un terrible susto.
—Porque, si lo eres —prosiguió el anciano quejumbrosamente—, me gustaría que me sacaras de este sitio, o, al menos, que hicieras que me trajeran una mecedora cómoda.
—Pero, en nombre de Dios, ¿de dónde has salido? ¿Quién eres tú? —estalló el señor Button exasperado.
—No te puedo decir exactamente quién soy —replicó la voz quejumbrosa—, porque sólo hace unas cuantas horas que he nacido. Pero mi apellido es Button, no hay duda.
—¡Mientes! ¡Eres un impostor!
El anciano se volvió cansinamente hacia la enfermera.
—Bonito modo de recibir a un hijo recién nacido —se lamentó con voz débil—. Dígale que se equivoca, ¿quiere?
—Se equivoca, señor Button —dijo severamente la enfermera—. Este es su hijo. Debería asumir la situación de la mejor manera posible. Nos vemos en la obligación de pedirle que se lo lleve a casa cuanto antes: hoy, por ejemplo.
—¿A casa? —repitió el señor Button con voz incrédula.
—Sí, no podemos tenerlo aquí. No podemos, de verdad. ¿Comprende?
—Yo me alegraría mucho —se quejó el anciano—. ¡Menudo sitio! Vamos, el sitio ideal para albergar a un joven de gustos tranquilos. Con todos estos chillidos y llantos, no he podido pegar ojo. He pedido algo de comer —aquí su voz alcanzó una aguda nota de protesta— ¡y me han traído una botella de leche!
El señor Button se dejó caer en un sillón junto a su hijo y escondió la cara entre las manos.
—¡Dios mío! —murmuró, aterrorizado—. ¿Qué va a decir la gente? ¿Qué voy a hacer?
—Tiene que llevárselo a casa —insistió la enfermera—. ¡Inmediatamente!
Una imagen grotesca se materializó con tremenda nitidez ante ios ojos del hombre atormentado: una imagen de sí mismo paseando por las abarrotadas calles de la ciudad con aquella espantosa aparición renqueando a su lado.
—No puedo hacerlo, no puedo —gimió.
La gente se pararía a preguntarle, y ¿qué iba a decirles? Tendría que presentar a ese... a ese septuagenario: «Éste es mi hijo, ha nacido esta mañana temprano». Y el anciano se acurrucaría bajo la manta y seguirían su camino penosamente, pasando por delante de las tiendas atestadas y el mercado de esclavos (durante un oscuro instante, el señor Button deseó fervientemente que su hijo fuera negro), por delante de las lujosas casas de los barrios residenciales y el asilo de ancianos...
—¡Vamos! ¡Cálmese! —ordenó la enfermera.
—Mire —anunció de repente el anciano—, si cree usted que me voy a ir casa con esta manta, se equivoca de medio a medio.
—Los niños pequeños siempre llevan mantas.
Con una risa maliciosa el anciano sacó un pañal blanco.
—¡Mire! —dijo con voz temblorosa—. Mire lo que me han
preparado.
—Los niños pequeños siempre llevan eso —dijo la enfermera remilgadamente.
—Bueno —dijo el anciano—. Pues este niño no va a llevar nada puesto dentro de dos minutos. Esta manta pica. Me podrían haber dado por los menos una sábana.
—¡Déjatela! ¡Déjatela! —se apresuró a decir el señor Button. Se volvió hacia la enfermera—. ¿Qué hago?
—Vaya al centro y cómprele a su hijo algo de ropa.
La voz del anciano siguió al señor Button hasta el vestíbulo:
—Y un bastón, papá. Quiero un bastón.
El señor Button salió dando un terrible portazo.

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sábado, 20 de diciembre de 2008

La nuit - Les choristes...apropiada para estos días navideños



Les Choristes - La Nuit







La Nuit (Hymne à la nuit)texto/traducción:

Oh nuit vient apporter à la terre
Le calme enchantement de ton mystère
L'ombre qui l'escorte est si douce
Si doux est le concert de tes voix chantant l'espérance
Si grand est ton pouvoir transformant tout en rêve heureux
Oh nuit, oh laisses encore à la terre
Le calme enchantement de ton mystère
L'ombre qui l'escorte est si douce
Est-il une beauté aussi belle que le rêve
Est-il de vérité plus douce que l'espérance
Oh noche, ven a traer a la Tierra
El tranquilo encanto de tu misterio.
La sombra que te acompaña es tan suave
Tan dulce es el concierto de tus voces cantando a la esperanza
Tan grande es tu poder que lo transforma todo en un sueño feliz
Oh noche, ven a traer a la Tierra
El tranquilo encanto de tu misterio.
La sombra que te acompaña es tan suave
¿Existe una belleza tan bella como el sueño?
¿Existe una verdad más dulce que la esperanza?

Referencia: del film Les Choristes (Los Chicos del Coro) (Los coristas )

domingo, 17 de agosto de 2008

La Vida secreta de las palabras

Aprenderé a nadar...
































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Esta es una de las películas más bellas que he visto últimamente. Hanna, una chica sorda, trabaja en una fábrica, come siempre lo mismo, su vida va de la fábrica a la casa y viceversa. No ha salido nunca de vacaciones ni se ha enfermado...Le sugieren que se tome un descanso, lo hace; pero como no puede estar sin hacer algo ( pareciera que entonces escucharía los gritos de su corazón) decide ir de enfermera a cuidar a un hombre, en una plataforma petrolera, que tiene quemaduras en su rostro y en su alma. Está ciego, temporalmente. Sólo se conocen por la voz y por las palabras, por la esencia.
Está construida a base de buenos diálogos. La Apelación es la constante. Utilizada permanentemente por el enfermo ( Tim Robbins) para descubrir y develarnos a la misteriosa Hannah (Sarah Polley). Constantemente la interpela con frases o con citas literarias, ambos leen. "Historia de una Monja Portuguesa" ( señalada como un libro que causó uno de los conflictos del protagonista y que según él, no debe ser regalada a una mujer casada.) y la enfermera de Julio Cortázar: " La señorita Cora". ( Muy bien relatada y relacionada con Hanna, quien ha omitido no sólo su nombre, sino su historia.)
El tema central de Antony and The Johnson es maravilloso a lo igual que los paisajes lluviosos marinos. Pareciera reflejar el estado emocional de los protagonistas, sus tormentas personales.
Es una película que comunica, en todos los lenguajes, gastronómico, literario, visual, musical, lingüístico

Seguir informándose del tema"La vida secreta...en club cultura."


































sábado, 28 de junio de 2008

Cinema Paradiso

La vida no es una película, la vida es más dificil...

domingo, 22 de junio de 2008

El Hombre Elefante - David Lynch " Qué tan "humano" soy?













A raíz de una situación particular, que no comentaré aquí, he recordado esta hermosa película de David Lynch. Estaba pensando en cuántas rondas infantiles tenían un contenido discriminatorio. De dónde sacábamos esas historias, por qué nunca se nos revelaba el sentido del juego en cuestión...sólo fue la cultura?, nuestros padres?, la educación? Por ejemplo, recuerdo el romance de la niña negra, "...las otras niñas del barrio jugaban, las otras niñas del barrio nunca jugaban con ella?..." Puede haber algo más cruel? O la ronda :" -¿cuántos panes hay en el horno? -veintiún quemados - quién los quemó..." Y ya sabemos la respuesta...Cómo se pudieron crear canciones así y reírnos de un dolor tan grande como fue el holocausto judío?, son los niños crueles? Creo que no...sólo han sido "envenenados" con los miedos de los adultos. Miedo a qué?, a salirnos de la línea?

Me he cansado de escuchar frases como: " con quién vas? Te confundirán con una de ellas"; " no te vistas con escotes, serás tomada como mujer fácil", " ¿ La violaron? Pero miren cómo andaba. Ella lo provocó...", " Ese peinado no te va, tíñete el pelo, tienes canas", "estás gordita..." y si adelgazamos..." Pareces ánima , qué te has hecho...," No me gusta esa niña para ti...es rarita..", " qué fea cicatriz!", "no le des ese trabajo, es mujer", "compréndanlo, es inválido, es enfermo" cómo puedes andar con alguien tan negro!", " que los indios", ... Si todos somos anormales...dónde está la normalidad, entonces. O no cuentan cosas como: la dulzura, la inteligencia, la historia personal, la sabiduría ? O por ser negra no entiendo o no siento. Si ser moreno es tan malo...qué insistencia de broncearse hasta en invierno? o de usar y abusar de la ropa oscura?
Si ser normal significa maquillarnos hasta quedar irreconocibles, vestirnos iguales, tener pelo manejable y ultra liso. (Se han fijado que ya no hay personas crespas?) adelgazar hasta que nos queden las tallas infantiles o subirnos, bajarnos, sacarnos o quitarnos humanidad...Es ahí cuando me pregunto si el engaño no estará en nuestros ojos y los mounstruos del cuento son los "normales"y no los distintos.
Me pregunto si los autores de historia futuristas, Huxley entre otros, no se referírían a esta suerte de clonaje? Dejaremos de pensar, dejaremos de SER para PARECER y PADECER. No se supone que en la diversidad está la riqueza? Lynch lo ha dicho muy bien: "soy un ser humano", "soy una persona"...

sábado, 21 de junio de 2008

Los Coristas








El juego de las lágrimas, una visión psicológica, de Gaceta Universitaria

" A propósito de ella, el director está desarrollando una historia de amor, de identidad sexual, de lealtad, y varias más. Por ejemplo, el espectador puede notar el curioso papel de los genitales masculinos en el desarrollo del film. En las primeras escenas Jody es seducido por Jude en un parque de diversiones, con la finalidad de secuestrarlo. Pensando que es una conquista, Jody, muy excitado, desea llevarla a algún rincón. Pero siente entonces necesidad de orinar, y temiendo que Jude escape, lo hace teniendo en una mano su pene, y en la otra la mano de Jude. Ya en cautiverio, Jody necesita orinar, pero está esposado, de modo que esta vez su pene es sostenido por Fergus, quien irónicamente ante el agradecimiento de Jody, le dice: “fue un placer”. Ambos ríen. Pero además, Jody encamina a Fergus hacia Dil, quien tiene para este último algo inesperado: pene. Sin embargo, no tomará ese derrotero nuestra interpretación.
En el trasfondo de lo dicho está el tema de la identidad sexual: Dil es transexual, es decir, una mujer con cuerpo de hombre, cuerpo que rechaza y siente como impropio, y que –por así decirlo– “repara” mediante el maquillaje y la vestimenta. No es propiamente un travesti. Se denomina travesti a una persona, generalmente homosexual y hombre, que atrae a otros hombres “aparentando” ser mujer, pero que ama su cuerpo y sus genitales. Sobre la base del tema de la identidad sexual, pensamos que el contenido más radical que nos ofrece el director Neil Jordan es la sutil relación que hay entre el “aparecer” y el “ser”, entre lo que las cosas parecen y su verdadera naturaleza.
La historia que anuda éstos y otros aspectos del film es aquella del escorpión y la rana. Para quienes no la recuerden, consiste en lo siguiente. El escorpión –que no sabe nadar– debe cruzar el río. Le pide entonces a la rana que lo transporte hasta la otra orilla. La rana se niega, diciéndole: “no puedo hacerlo, tú me picarías”. El escorpión replica: “Cómo voy a picarte; si lo hago, moriremos los dos”. La rana accede, pues el argumento del escorpión le parece irrefutable. Con el escorpión en la espalda, la rana emprende la travesía. En la mitad del río siente un fuerte dolor: el escorpión la ha picado. Perpleja y moribunda, la rana le pregunta: “¿Por qué lo hiciste?” El escorpión, ahogándose, le responde: “Lo siento: está en mi naturaleza, no pude evitarlo”.
Hay algo conmovedor en esta historia. Pero, sabemos, las historias de engaños no conmueven. A lo más desagradan o enrabian. ¿Qué hay entonces en esta historia que nos conmueve? Pues, justamente, que no se trata de un engaño. El escorpión, sinceramente, cree que no picará a la rana, y la rana, sinceramente, le cree al escorpión. Pero la voluntad y la convicción consciente no bastan para torcer la naturaleza de cada quien. Hay aquí un fatum, una destinación. El escorpión parece un ser razonable en ese momento, pero no es esa “razón” la que en definitiva determina su conducta. Esta destinación coloca a The Craying Game en el terreno de la tragedia griega, es decir, de aquella que surgió en el siglo de Pericles como un género que continúa conmoviendo a la humanidad hasta hoy (piénsese en Sófocles y la tragedia Edipo Rey). En la tragedia griega el oráculo, como el de Delfos, expresaba la voluntad del dios Apolo, y era infalible. La profecía del Oráculo, a pesar de todos los esfuerzos de los héroes trágicos, siempre se cumple: efectivamente, Edipo mata a su padre, se casa con su madre y tiene cuatro hijos con ella. A diferencia de la tragedia clásica, en nuestra historia no hay un oráculo que exprese la voluntad de un dios. ¿Dónde entonces está la destinación? Está en la “naturaleza”. Es la naturaleza la que no se puede evitar.
Debemos por lo tanto preguntarnos qué estamos diciendo con la palabra “naturaleza”.


natuRaleza, VeRdad Y apaRiencia1
UNA REFLExIÓN PSICOLÓGICA A PROPÓSITO DE LA PELÍCULA
“EL JUEGO DE LAS LÁGRIMAS” DE NEIL JORDAN
(Rev GU 2006; 2; 2: 144-147)
césar ojeda



Pelle, el conquistador

Esta es una de mis películas favoritas. La vi hace muchísimo tiempo y siempre la guardé en mi mente. Será por la fuerza de la interpretación, por las imágenes, los conflictos o simplemente por el anhelo de cambiar nuestras vidas para conseguir La LIBERTAD.
El niño que representa al protagonista tiene el mismo nombre. Por ahí leí que la madre del pequeño actor solía leerle a éste su libro favorito y el origen de su nombre.La película está basada en el libro de Martín Andersen Nexo, libro que no he podido conseguir aún.