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jueves, 5 de febrero de 2009

El extraño caso de Benjamin Button

Vi la película recientemente y concuerdo con los que dicen que es como el cuento, "Viaje a la semilla", con la diferencia que no es un "rebobinado" y que el personaje vive sus etapas con un cuerpo que no le pertenece, vale decir, es un niño, pero viejo y viceversa.
También estoy de acuerdo con el que dijo que tenía una excelente fotografía, buen maquillaje, etc. Los amaneceres del lago son de una belleza a lo igual que los movimientos de baile del personaje femenino interpretado por Cate Blanchett.
Me gustaron algunas reflexiones que se hacían y como me informé que está basado en uno de los relatos de F.S. Fitzgerald, lo busqué y lo leí y comprendí que había faltado algo en la peli y sobrado un poco. El director sólo se basó en la idea del texto del decrecimiento o involución del protagonista y construyó su propia historia.
Creo que lo valioso del la peli está en el trabajo actoral de los protagonistas y otros personajes secundarios. Representan distintas etapas de la vida de un hombre o de varios de ellos y nos convencen . Pero estoy de acuerdo en que pudo colocar más agudeza, haberlo aprovechado más.
Otro aspecto que me gustó es la música que aparece durante toda la película. Muchas referencias artísticas, visuales, auditivas y es que los lenguajes se entrecruzan para dar pie a la historia. Unos movimientos de ballet preciosos acompañados de magnífica música, etc.
Sólo como referencia, en el cuento de Fitzgerald, el personaje es un ser solo enfrentado a una sociedad incomprensiva que se deja llevar por lo que ve. Siendo bebé es anciano y se aburre de los juegos infantiles a lo que lo someten; cuando es matriculado en la Universidad se niegan a aceptarlo pues su físico no representa los 18 años que tiene y así muchos ejemplos más que hacen referencia a la tragedia del personaje, Benjamín Button, cuyo padre sí lo crió.

El extraño caso de Benjamin Button

Fue difícil vender El extraño caso de Benjamin Button (aparecido en la revista Collier el 21 de mayo de 1922). Fitzgerald le escribiría más tarde a su agente Harold Ober: « Ya seque las revistas sólo quieren mis relatos sobre chicas a la moda; los problemas que has tenido para vender Benjamin Button y Un diamante tan grande como el Ritz lo demuestran».
Benjamin Button fue su segundo relato (le había precedido The Cut-Glass BowL en 1920) de corte fantástico o superreal, un estilo en el que escribió algunos de sus cuentos más brillantes y que quizá le atraía por su tensión entre romanticismo y realismo, por el desafío que la fantasía plantea: convertir lo imposible en verosímil. Fitzgerald explicó la génesis de Benjamín Button cuando lo incluyó en sus Cuentos de la era del jazz:
«Me inspiró el cuento un comentario de Mark Twain: era una lástima que el mejor tramo de nuestra vida estuviera al principio y el peor al final. He intentado demostrar su tesis, haciendo un experimento con un hombre inserto en un ambiente absolutamente normal. Semanas después de terminar el relato, descubrí un argumento casi idéntico en los cuadernos de Samuel Butler.»

I.

Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, según me dicen, los grandes dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del recién nacido deben ser emitidos en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante. Así que el señor y la señora Button se adelantaron cincuenta años a la moda cuando decidieron, un día de verano de 1860, que su primer hijo nacería en un hospital. Nunca sabremos si este anacronismo tuvo alguna influencia en la asombrosa historia que estoy a punto de referirles.
Les contaré lo que ocurrió, y dejaré que juzguen por sí mismos.
Los Button gozaban de una posición envidiable, tanto social como económica, en el Baltimore de antes de la guerra. Estaban emparentados con Esta o Aquella Familia, lo que, como todo sureño sabía, les daba el derecho a formar parte de la inmensa aristocracia que habitaba la Confederación. Era su primera experiencia en lo que atañe a la antigua y encantadora costumbre de tener hijos: naturalmente, el señor Button estaba nervioso. Confiaba en que fuera un niño, para poder mandarlo a la Universidad de Yale, en Connecticut, institución en la que el propio señor Button había sido conocido durante cuatro años con el apodo, más bien obvio, de Cuello Duro.
La mañana de septiembre consagrada al extraordinario acontecimiento se levantó muy nervioso a las seis, se vistió, se anudó una impecable corbata y corrió por las calles de Baltimore hasta el hospital, donde averiguaría si la oscuridad de la noche había traído en su seno una nueva vida.
A unos cien metros de la Clínica Maryland para Damas y Caballeros vio al doctor Keene, el médico de cabecera, que bajaba por la escalera principal restregándose las manos como si se las lavara —como todos los médicos están obligados a hacer, de acuerdo con los principios éticos, nunca escritos, de la profesión.
El señor Roger Button, presidente de Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas, echó a correr hacia el doctor Keene con mucha menos dignidad de lo que se esperaría de un caballero del Sur, hijo de aquella época pintoresca.
—Doctor Keene —llamó—. ¡Eh, doctor Keene!
El doctor lo oyó, se volvió y se paró a esperarlo, mientras una expresión extraña se iba dibujando en su severa cara de médico a medida que el señor Button se acercaba.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el señor Button, respirando con dificultad después de su carrera—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Cómo está mi mujer? ¿Es un niño? ¿Qué ha sido? ¿Qué...?
—Serénese —dijo el doctor Keene ásperamente. Parecía algo irritado.
—¿Ha nacido el niño? —preguntó suplicante el señor Button.
El doctor Keene frunció el entrecejo.
—Diantre, sí, supongo... en cierto modo —y volvió a lanzarle una extraña mirada al señor Button.
—¿Mi mujer está bien?
—Sí.
—¿Es niño o niña?
—¡Y dale! —gritó el doctor Keene en el colmo de su irritación—. Le ruego que lo vea usted mismo. ¡Es indignante! —la última palabra cupo casi en una sola sílaba. Luego el doctor Keene murmuró—: ¿Usted cree que un caso como éste mejorará mi reputación profesional? Otro caso así sería mi ruina... la ruina de cualquiera.
—¿Qué pasa? —preguntó el señor Button, aterrado—. ¿Trillizos?
—¡No, nada de trillizos! —respondió el doctor, cortante—. Puede ir a verlo usted mismo. Y buscarse otro médico. Yo lo traje a usted al mundo, joven, y he sido el médico de su familia durante cuarenta años, pero he terminado con usted. ¡No quiero verle ni a usted ni a nadie de su familia nunca más! ¡Adiós!
Se volvió bruscamente y, sin añadir palabra, subió a su faetón, que lo esperaba en la calzada, y se alejó muy serio.
El señor Button se quedó en la acera, estupefacto y temblando de pies a cabeza. ¿Qué horrible desgracia había ocurrido? De repente había perdido el más mínimo deseo de entrar en la Clínica Maryland para Damas y Caballeros. Pero, un instante después, haciendo un terrible esfuerzo, se obligó a subir las escaleras y cruzó la puerta principal.
Había una enfermera sentada tras una mesa en la penumbra opaca del vestíbulo. Venciendo su vergüenza, el señor Button se le acercó.
—Buenos días —saludó la enfermera, mirándolo con amabilidad.
—Buenos días. Soy... Soy el señor Button.
Una expresión de horror se adueñó del rostro de la chica, que se puso en pie de un salto y pareció a punto de salir volando del vestíbulo: se dominaba gracias a un esfuerzo ímprobo y evidente.
—Quiero ver a mi hijo —dijo el señor Button.
La enfermera lanzó un débil grito.
—¡Por supuesto! —gritó histéricamente—. Arriba. Al final de las escaleras. ¡Suba!
Le señaló la dirección con el dedo, y el señor Button, bañado en sudor frío, dio media vuelta, vacilante, y empezó a subir las escaleras. En el vestíbulo de arriba se dirigió a otra enfermera que se le acercó con una palangana en la mano.
—Soy el señor Button —consiguió articular—. Quiero ver a mi...
¡Clanc! La palangana se estrelló contra el suelo y rodó hacia las escaleras. ¡Clanc! ¡Clanc! Empezó un metódico descenso, como si participara en el terror general que había desatado aquel caballero.
—¡Quiero ver a mi hijo! —el señor Button casi gritaba. Estaba a punto de sufrir un ataque.
¡Clanc! La palangana había llegado a la planta baja. La enfermera recuperó el control de sí misma y lanzó al señor Button una mirada de auténtico desprecio.
—De acuerdo, señor Button —concedió con voz sumisa—. Muy bien. ¡Pero si usted supiera cómo estábamos todos esta mañana! ¡Es algo sencillamente indignante! Esta clínica no conservará ni sombra de su reputación después de...
—¡Rápido! —gritó el señor Button, con voz ronca—. ¡No puedo soportar más esta situación!
—Venga entonces por aquí, señor Button. Se arrastró penosamente tras ella. Al final de un largo pasillo llegaron a una sala de la que salía un coro de aullidos, una sala que, de hecho, sería conocida en el futuro como la «sala de los lloros». Entraron. Alineadas a lo largo de las pareces había media docena de cunas con ruedas, esmaltadas de blanco, cada una con una etiqueta pegada en la cabecera.
—Bueno —resopló el señor Button—. ¿Cuál es el mío?
—Aquél —dijo la enfermera.
Los ojos del señor Button siguieron la dirección que señalaba el dedo de la enfermera, y esto es lo que vieron: envuelto en una voluminosa manta blanca, casi saliéndose de la cuna, había sentado un anciano que aparentaba unos setenta años. Sus escasos cabellos eran casi blancos, y del mentón le caía una larga barba color humo que ondeaba absurdamente de acá para allá, abanicada por la brisa que entraba por la ventana. El anciano miró al señor Button con ojos desvaídos y marchitos, en los que acechaba una interrogación que no hallaba respuesta.
—¿Estoy loco? —tronó el señor Button, transformando su miedo en rabia—. ¿O la clínica quiere gastarme una broma de mal gusto?
—A nosotros no nos parece ninguna broma —replicó la enfermera severamente—. Y no sé si usted está loco o no, pero lo que es absolutamente seguro es que ése es su hijo.
El sudor frío se duplicó en la frente del señor Button. Cerró los ojos, y volvió a abrirlos, y miró. No era un error: veía a un hombre de setenta años, un recién nacido de setenta años, un recién nacido al que las piernas se le salían de la cuna en la que descansaba.
El anciano miró plácidamente al caballero y a la enfermera durante un instante, y de repente habló con voz cascada y vieja:
—¿Eres mi padre? —preguntó.
El señor Button y la enfermera se llevaron un terrible susto.
—Porque, si lo eres —prosiguió el anciano quejumbrosamente—, me gustaría que me sacaras de este sitio, o, al menos, que hicieras que me trajeran una mecedora cómoda.
—Pero, en nombre de Dios, ¿de dónde has salido? ¿Quién eres tú? —estalló el señor Button exasperado.
—No te puedo decir exactamente quién soy —replicó la voz quejumbrosa—, porque sólo hace unas cuantas horas que he nacido. Pero mi apellido es Button, no hay duda.
—¡Mientes! ¡Eres un impostor!
El anciano se volvió cansinamente hacia la enfermera.
—Bonito modo de recibir a un hijo recién nacido —se lamentó con voz débil—. Dígale que se equivoca, ¿quiere?
—Se equivoca, señor Button —dijo severamente la enfermera—. Este es su hijo. Debería asumir la situación de la mejor manera posible. Nos vemos en la obligación de pedirle que se lo lleve a casa cuanto antes: hoy, por ejemplo.
—¿A casa? —repitió el señor Button con voz incrédula.
—Sí, no podemos tenerlo aquí. No podemos, de verdad. ¿Comprende?
—Yo me alegraría mucho —se quejó el anciano—. ¡Menudo sitio! Vamos, el sitio ideal para albergar a un joven de gustos tranquilos. Con todos estos chillidos y llantos, no he podido pegar ojo. He pedido algo de comer —aquí su voz alcanzó una aguda nota de protesta— ¡y me han traído una botella de leche!
El señor Button se dejó caer en un sillón junto a su hijo y escondió la cara entre las manos.
—¡Dios mío! —murmuró, aterrorizado—. ¿Qué va a decir la gente? ¿Qué voy a hacer?
—Tiene que llevárselo a casa —insistió la enfermera—. ¡Inmediatamente!
Una imagen grotesca se materializó con tremenda nitidez ante ios ojos del hombre atormentado: una imagen de sí mismo paseando por las abarrotadas calles de la ciudad con aquella espantosa aparición renqueando a su lado.
—No puedo hacerlo, no puedo —gimió.
La gente se pararía a preguntarle, y ¿qué iba a decirles? Tendría que presentar a ese... a ese septuagenario: «Éste es mi hijo, ha nacido esta mañana temprano». Y el anciano se acurrucaría bajo la manta y seguirían su camino penosamente, pasando por delante de las tiendas atestadas y el mercado de esclavos (durante un oscuro instante, el señor Button deseó fervientemente que su hijo fuera negro), por delante de las lujosas casas de los barrios residenciales y el asilo de ancianos...
—¡Vamos! ¡Cálmese! —ordenó la enfermera.
—Mire —anunció de repente el anciano—, si cree usted que me voy a ir casa con esta manta, se equivoca de medio a medio.
—Los niños pequeños siempre llevan mantas.
Con una risa maliciosa el anciano sacó un pañal blanco.
—¡Mire! —dijo con voz temblorosa—. Mire lo que me han
preparado.
—Los niños pequeños siempre llevan eso —dijo la enfermera remilgadamente.
—Bueno —dijo el anciano—. Pues este niño no va a llevar nada puesto dentro de dos minutos. Esta manta pica. Me podrían haber dado por los menos una sábana.
—¡Déjatela! ¡Déjatela! —se apresuró a decir el señor Button. Se volvió hacia la enfermera—. ¿Qué hago?
—Vaya al centro y cómprele a su hijo algo de ropa.
La voz del anciano siguió al señor Button hasta el vestíbulo:
—Y un bastón, papá. Quiero un bastón.
El señor Button salió dando un terrible portazo.

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lunes, 22 de diciembre de 2008

Un cuento de Navidad: Trapito Sucio - Mariano Latorre

Mariano Latorre
TRAPITO SUCIO

Pichuca, la única hija del Ojo de Buey, no estaba dormida , sin embargo el silencio que dulcemente la rodeó apenas los tres borrachos abandonaron el cuarto, terminó de despertarla. Como en los amaneceres, sentóse en su colchoncito de hojas de maíz, que a cada uno de sus movimientos crujía como si bajo él gritasen un millón de grillos asustados. Se restregó los ojos una y otra vez. El silencio como una araña invisible, empezó a tejer en torno suyo una tela de medrosa soledad. Soledad hecha de ruidos confusos y tenues; sordo correr de ratones, baratas que se perseguían en los viejos papeles despegados, dulce sollozo de una llave de agua a medio cerrar en el ancho patio del conventillo. El sobresalto trajo la claridad de la conciencia. Estaba sola. Creyéndola dormida, sus padres y su padrino salieron a divertirse. En su cabecita sobreexcitada, esta Noche Buena que alegraba a todos y de la cual la eliminaban a ella, había prendido como un prodigio. La angustia apretó la garganta con sus anillos de serpiente. Fue un sollozo convulsivo, primero; llanto aliviador y luminoso, después. En su húmedo bienestar brilló, entonces, una resolución: conocer el secreto de la Noche Buena.

Púsose de pie y empezó a vestirse. No mucho que ponerse una faldita sucia, un resto de rebozo. Los tiesos cabellos los amarró en un manojo con una tirita roja que guardaba cuidadosamente: único gesto de coquetería de Pichuca.

Vistióse con toda clase de precauciones. Creía que mil ojos invisibles, y burlones la vigilaban e iban a impedirle su salida a la calle. Tropezó con la mesilla de trabajo de su padre. No se movió, envuelta en un precipitado torbellino de latidos que duraron tanto como los argentinos temblores de la lámpara en su viejo soporte de metal. Al borde del banquillo estuvo largo rato, en espera de algo impreciso, que estaba próximo y lejos al mismo tiempo, dentro y fuera de su cabecita en llamas.

La luna pascual derramó, de pronto, su tibia leche plateada por el cuarto sucio e inundó de paz el corazón tembloroso de la niña. En la puerta entreabierta hervía una fantástica claridad, que marcaba una ruta de ensueño.

Pichuca avanzó hacia el patio, pero volvióse bruscamente al observar, sobre el catre de madera de sus padres un halo de fúlgidas vibraciones. Un Niño Dios le sonreía en su marco de madera y le señalaba la noche con su dedito gordezuelo, como una mariposa cansada de vaguear por los aires.

Confiadamente avanzó Pichuca hacia el patio. Sus pececitos negros, curtidos, no temían el áspero ripio ni las piedras puntiagudas. No dudó ya más; deslizóse a lo largo de las paredes del conventillo, y en la despareja calle de arrabal avanza confiada. Una fuerza desconocida parece guiarla. Ni miedo ni temores.

En la atmósfera clara recórtanse los ángulos agudos de las tejas y son pozos de plata los patios abandonados.

Ágiles, incansables; corren sus piececitos hacia adelante, sin saber a dónde. Pegóse a un muro, para dejar que una carretela, estallante de gritos y de cantos, pasase con áspero balanceo. Hasta el caballito, sacado de sus sueños, trotaba con vigorosos golpes de cascos, contento de la alegría que mojaba sus lomos como una llovizna de cristal.

Cortó el negror de la calle de arrabal el estrépito llameante de un tranvía y en la dirección de sus rieles corrió Pichuca decidida, orientada por su instinto. En esta nueva soledad sentíase segura de sí misma, mucho más que en la penumbra soledosa del conventillo.

De sus padres no se acordaba. Su autoridad murió ante la del niño Dios y ante su noche buena, en cuyo enigma luminoso un payasito de Talagante sonreía con su ancha boca pintarrajeada y hacía cabriolas grotescas, apenas sus dedos, apretados con nerviosa Impaciencia, juntaban los maderos del trapecio.

Una avenida cuajada de luces se abrió ante ella. Tranvías repletos de gentes alegres, de niños que llevaban osos peludos y payasos de trajes vistosos, corrían entre regueros de chispas y campanilleos ruidosos. Hacia el corazón de la ciudad, rojo temblor de luz en el cielo llevaba una muchedumbre anónima su ruidosa despreocupación Entre ellos, Pichuca era un trapito sucio y maloliente.

En vano levantaba los ojos hacia sus caras, no respondían egoístamente distraídos. Sentían sola. Y entonces, en un gesto de angustiosa defensa apretaba el retazo de pañuelos contra su busto descarnado. Y esto quería decir mucho; por lo menos, el no tener un juguete, cualquier cosa que apretar contra su corazón henchido de misteriosas aspiraciones, ávido de goces imprecisos

El azar la puso, en el desordenado flujo de la multitud alegre, frente de una pequeñuela regordeta, sentada en la humilde puerta de una casa humilde. Estaba sola, curiosamente abiertos los ojos infantiles. Aislada como ella. Así le pareció a Pichuca. En sus brazos, un gran mono de carey, vestido como una guagua, daba la impresión de mirarla con curiosidad. La niña le hablaba a su muñeco barnizado. Dirigíale tiernas palabras:

—¿Tiene hambre el niñito? ¿No? Tiene hambre.

Pegada a la pared, Pichuca la observaba con pedigüeño titubeo. Una súbita ternura subió a su garganta. Poco a poco se fue acercando sin hablar.

La niña advirtió su presencia; de pronto se puso de pie bruscamente abrazando al mono con gesto protector.

Gritó agudamente hacia el interior de la casa:

-¡Mamá, una chiquilla rota! ¡Mamá, una chiquilla rota!

Antes que la mamá acudiera a los gritos de la niña, las piernas flacas de Pichuca, aptas para todas las carreras, cruzaron la calle. En unos segundos estaba en la acera y corría en las ondas de otra corriente humana Pero una espina se clavó en su corazón. Una espina aguda que perforaba su corazoncito palpitante.

—¡Chiquilla rota! ¡Chiquilla rota!

Pichuca no se daba cuenta de lo que esto significaba. Era para ella un enigma como el rechazo de la niñita del mono de carey. Pensó volver al conventillo, y, sin moverse permanecer en su pallasa crujidora, no sentir sino las carreras de las baratas en la pared o el tictac del misterioso reloj de la pobreza, pero la multitud que caminaba por la acera pegada a los muros fríos de las casas detenerse, segura de sí misma la fundía en su violento deseo de libertad y de goce. Hacia el río siguió sin darse cuenta. Junto a la vitrina de una pastelería de barrio, mismo vaivén de la muchedumbre la detuvo algunos segundos. Las tortas amarillas con ribetes de mermelada y merengues, animaron su lengua entre sus dientecitos ratoniles con nerviosa celeridad. ¡Con qué envidia veía entrar al interior iluminado a los niños de la mano sus padres o de sus mamás.

La espina se hundió más en su corazón y su manecita negra la revolvía con inconsciente terquedad. Era, sin embargo, un corazoncito fuerte, confiado ,a quien el Niño Dios protegía en esta noche única.

Por eso nada la amedrentó en adelante. Eso si ,un abismo se había creado el entre el mundo y ella y ,ella orgullosamente se había puesto sobre el mundo.

Asomada al pretil del río negro, bullanguero respiró un instante con egoísta libertad. El ruido metálico de la charanga de un circo golpeaba sus oídos, resonaba dentro de su cabeza. Un rosario de luces rojas y amarillas prendíase a la noche. Y la carpa, traspasada de luz, ondeaba al viento que venía de las cordilleras como un gran trapo suelto. Se fue acercando poco a poco. Prudencialmente ahora. Y cuando estallaba un aplauso y sombras nerviosas se desplazaban en el blanco lienzo transparente, un escalofrío de placer recorría sus nervios excitados.

No se acercó a la puerta del circo, aunque en su cabecita astuta la idea de colarse por debajo de la carpa le pareció muy fácil de ejecutar. Una tranquila resignación. Había sustituido a su afán de acercarse a la muchedumbre. Ya nada la asombraba. Seguía adelante sin curiosidad alguna como si fuese a dejar los zapatos de su padre a un cliente del barrio de las Hornillas. Atravesó, de este modo, el puente y entró en la calle 21 de Mayo. No envidiaba, ahora, a los niños que por las aceras arrastraban carritos o hacían sonar ruidosas cornetas. Veíalos pasar indiferente. No buscaba los ojos de los transeúntes ni osaba acercarse a los chiquitines burgueses que pasaban junto a ella. Frente a una gran vitrina iluminada, miró curiosamente los enanitos barbudos de piernas cortas y gran cabeza, como los de los cuentos que le oyó a su madre junto al brasero, y la hicieron estallar de alegría los grandes osos peludos, parados sobre una nevada de algodón, en la actitud de dar un abrazo.

Su asombro rayó en el pasmo cuando al llegar a la Alameda, vió girar la gran rueda luminosa, que se hundía en la noche espolvoreada de luna, con su carga de hombres y mujeres. para reaparecer, en vertiginoso volteo. chorreante de luces y estridentes sonidos.

Durante media hora, pegadas a la reja de un carrusel sus negras manitas, miró galopar los caballos fantásticos, que los niños manejaban confiados, sin embargo.

Pero aquí la esperaba, oculta en la sombra, su segunda prueba de Noche Buena. Esta vez no fué ella la que tuvo contacto con la multitud que la rodeaba sin aceptarla. No, no fué ella. Las manos aferradas histéricamente a la baranda del carrusel, miraba el rodar de los carritos y el balanceo de los caballos grises blancos de revueltas crines. Fué una mujer gorda la que reparó en ella. Una voz chillona la hizo pensar que no estaba sola en el mundo y que aún para mirar los carruseles desde afuera, es preciso llevar zapatos y vestidos limpios.

-Llévate a Pepito, Salustio, que esa chiquilla debe tener piojos.

Y el marido, mirándola de través, se alejó rápidamente con el chico, al extremo opuesto del carrusel.

No se molestó Pichuca en lo más mínimo: su experiencia la defendía como un escudo. Sabía que no era de la raza de esos niños que tienen juguetes y viven en grandes casas llenas de luz. Sabia que no era de esa raza, pero ignoraba aún de dónde provenía, aunque viviese en la misma ciudad y bajo un mismo cielo.

Por lo demás, sus piececitos eran sabios en las astutas carreras para hacerse invisible en el conventillo o en medio de la calle, aún en la tibieza lunada de la noche pascual.

Tumultuoso hervir de gentes y gloria de luces que despertaba a los viejos olmos soñolientos, cargados de polvo, prolongábase en interminable perspectiva hacia adelante. Y dentro de este murmullo vago, de corriente lejana, las voces de heladeros y vendedores de frutas taladraban la gasa inmóvil de polvo en suspensión. Sólo una voz ronca de vieja persistía en el bullicio, a
fuerza de repetir el mismo pregón:

—¡Como en la arbolera, las peras!

Y en el aire quieto, empapado de temblorosa luz, el aroma picante de las albahacas y el agrio de los claveles y clavelinas campestres, respiraba a ratos en oleadas cálidas.

—¡Como en la arbolera, las peras!

Pichuca se detuvo de improviso en su camino: una corneta de cartón quizá olvidada por un niño, blanqueaba en el piso polvoriento. La miró ávidamente, esquivando los encontrones de la gente y temerosa de perderla de vista.

¿Volvería a buscarla el niño que la perdió? ¿La encontraría otra antes que ella? Violentos latidos de su corazón la detuvieron. Alguien podía pisarla y deshacerla; pero, ¡oh milagro inesperado!, la multitud pasaba cerca de la plebeya bocina sin tocarla. Una enorme bola de conscripto, la de un gigante, se imaginó Pichuca, puso su doble suela a un milímetro de la corneta. La niña estuvo a punto de lanzar un grito de alarma, pero la bota formidable se achicó repentinamente y, vuelta a su tamaño normal, se unió a su compañera y continuaron sonoras y torpes su camino, sin rozarla. No supo la niña cómo se encontró junto a ella. No había sino inclinarse y tomarla, pero el recuerdo de la niña y de su grito insultante —. ¡chiquilla rota, chiquilla rota!— paralizó su intento. Sin embargo, la sonrisa del Niño Jesús del conventillo y el rayo de luna prendido en el vidrio de la estampa, habían hecho brotar como un lirio mágico la confianza en su almita desolada. Se inclinó y tomó el juguete, lo ocultó bajo el rebozo y anduvo algunos pasos, pero un violento deseo de poner la boquilla de la corneta en sus labios la hacia rechinar los dientes como en un escalofrío y el loco sonajeo de cornetines que azotaba el aire espeso hacía su deseo cada vez más apremiante.

Terminó por sacar la corneta de debajo del rebozo. Al ponerle los labios, una duda atravesó su cerebro. ¿Y si la corneta no sonaba? ¿Si había sido abandonada por inútil o si el Niño Dios la castigaba por haberla tomado del suelo sin que nadie se la diese? Volvió a esconderla; pero, en un súbito arranque, la puso en su boca: un largo sonido brotó del interior. Con toda la fuerza de sus pulmones, Pichuca tocó su anónima corneta. Las ásperas vibraciones borraron su angustia y le dieron una personalidad en medio de la multitud. A los mil ruidos que por todas partes se cruzaban como regueros de chispas, había unido el suyo, virginal, Era un canto de libertad, rudo, primitivo, pero su vida tenía un objeto en este instante.

Su exaltación no duró mucho Ahora la atenaceaba algo más apremiante y que el esfuerzo de media hora hizo agudamente trágico: el hambre. Y esto era más difícil que tomar del suelo una corneta perdida.

Insidiosamente, por la espalda, llegó hasta sus naricillas ávidas el aroma penetrante de los duraznos primaverales Se volvió como un resorte. Pilas de bolitas granates de piel brillante como un terciopelo dorado por la luz de un candil, se amontonaban frente a una mesita. Detrás, un viejo barbón, de voz atiplada, gritaba, al mismo tiempo que con una rama espantaba las moscas.

—¡A los pelaítos priscos! ¡A los pelaítos priscos!

Aproximóse más al viejo. Sus dientecillos hambreados, casi se disolvían entre la saliva ¡Qué dulce debía ser el jugo de esos duraznos maduros! Había tantos, tantos, y, sin embargo, aquel viejo de barba blanca no le daría ninguno.

Vínole, de pronto, el impulso de pedirle con voz humilde, muy triste, uno, uno solo; pero no se atrevió: El grito de alarma de la niña del mono de carey resonó en su recuerdo una vez más:

¡Chiquilla rota! ¡Chiquilla rota! rota!

Y con infinitas precauciones fué retrocediendo para que el viejo no la advirtiese. La punta del pañuelo se levantó con dolorosa lentitud hasta sus ojillos lagrimecidos; pero estas crisis le duraban poco a Pichuca, muy poco. Se aisló del río humano que se deslizaba por el centro de la Alameda, tras el tronco de un árbol. El viejo olmo colonial pareció protegerla con el ancho abanico de sus hojas nuevas. Nadie la vería allí. Adormilada, se estuvo quietecita, como fundida con la dura corteza, pero alerta al menor ruido. Poco a poco se fué corriendo por el tronco hasta sentarse en las raíces y el ruido sordo de la ciudad que rompía en inesperados gritos y cornetazos estridentes se fué apagando para Pichuca; pero sorpresivamente tuvo una brusca vuelta a la realidad. Algo leve,
como si alguien invisible llamase su atención, tocó la punta de su piececito desnudo. Pensó en una barata o en un San Juan atontado por la luz que subiese por el empeine, y fué acercando precavidamente su mano para cerciorarse.

Nada en el empeine. No quiso retirar su piececito del punto en que sintió el roce, imaginando que este llamado misterioso no volvería a repetirse si se movía.

¡Dios mío!, ¿qué es esta bolita blanda, enorme, que cede a la presión de sus dedos? No es un insecto, no. No hay movimiento alguno de patas asustadas.

¿Quizá una pelota que ha venido rodando hasta sus mismos pies desde el centro de la calzada? Tomóla entre manos , y su olor penetrante lo delató. Era un duraznito de la Virgen, oliente aún a primavera. En una envoltura color rubí ocultaba el tesoro de su carne dorada, él secreto de las huertas anónimas de los conventillos. Con su habitual gesto de desconfianza, lo escondió bajo el rebozo, observando a su alrededor.

El viejo de barbas blancas seguía impasible ofreciendo a la multitud pasajera sus pelaítos priscos. Se callaba, sólo para vender a su público de sirvientas y conscriptos las docenas de duraznos de diciembre, envueltos en cartuchos de diario De aquel montoncito oscuro y aromático debió rodar el
durazno como un pedrusco por la falda de una colina minúscula. No había duda. De pronto, su corazoncito comenzó a latir apresuradamente. En la tierra, a sus mismos pies, había cuatro duraznillos más, opacos de polvo. Cuatro movimientos astutamente espaciados y las cuatro bolitas oscuras estuvieron en sus manos.

Dando la vuelta al árbol, se alejó Pichuca con su tesoro hacia un costado del paseo. sola, con fruición egoísta los fué limpiando hasta dejarlos relucientes como bolas de carey. Sus dientecillos ansiosos se clavaron en la pulpa azucarada y fresca de los duraznos. Satisfecha, alegre casi, echó a andar entre la muchedumbre. Los niños y sus juguetes coloreados ya la interesaban.

Una llamita tibia dulcificadora, animaba su cuerpo, y en esta llamita sonreía el Niño Dios que le regaló una corneta o hizo resbalar para ella los duraznos de la mesilla del viejo de las barbas blancas.

Al oír los repiques alegres, precipitados, con que un monaguillo juguetón se entretenía en el campanario de la iglesia, allí mismo a dos pasos no dudó del milagro protector. Llenaban el aire esos repiques. Chocaban los sonidos entre si. Reíanse las campanas apagando voces, cornetas y tambores.

Frente a ella abriase la ancha puerta iluminada, que le recordó la de su cuarto, encendido de plata lunar. Una interminable fila de mantos perdíase en el dorado resplandor del temple, y en la ola humana que penetraba se escabulló Pichuca al interior. Creyóse repentinamente en la gloria. Así cuajada de luz la concibió en sus sueños de niña pobre. En torno a las imágenes resplandecían rosarios de luces o arcos de oro semejantes a divinas aureolas. Súbitamente quedó inmóvil, paralizada. La realidad de su sueño estaba allí, palpitante, frente a ella.

El mismo Niño Dios sonreíale desde un altar, pero vivo esta vez. El dedito gordezuelo alargábase con cariñoso imperio hacia las cabezas de hombres y mujeres, extrañamente suavizadas por la luz.

En torno a Jesús la piedad popular había amontonado corderillos albos, pájaros deformes, monitos de greda en extrañas actitudes.

En un extremo de las gradas arrodillóse unciosamente y en su boquita sucia sonó la ingenua oración infantil con un gargarismo de agua corriente.

Luego dejó con toda clase de precauciones su cornetita entre los corderillos y los pájaros.

Sentíase cansada. El sueño había tocado con su ala de seda sus ojos visionarios. Andaba a tastabillones, tropezando con todo el mundo, que se apartaba con sorprendida brusquedad a cada choque, y en la angustia de no poder detenerse y descansar sin sobresaltos, la hirió, como una punzada, la vuelta a su casa. Debía encontrarse en ella antes que sus padres llegasen, pero el conventillo parecía estar al otro extremo del mundo, en un punto adonde ella no llegaría nunca.

Habíalo borrado casi de sus recuerdos. Los rezos, la risa continua de las campanas y el aroma del incienso pascual, terminaron por marearla. Su dolor sólo era un llanto calladito, ronco, que nadie pedía oír en aquel momento. Andaba maquinalmente, mientras su cabecita envolvíase en sombras. Un mundo nuevo germinaba en esa obscuridad. Sobre un colchoncillo crujidor durmió unos segundos, y luego, empujada por la marca de fieles, su cuerpo casi exánime tropezó con un tabique de un confesionario y se deslizó hacia el ángulo que éste formaba con la pared.

No se movió ya. En el rincón de sombra, nadie pudo advertir ese bultito harapiento, acurrucado, casi muerto; ni el propio sacristán, que apagó uno a uno las cirios humeantes y cerró después, las enormes puertas coloniales de la iglesia.

Pichuca dormía ya profundamente, olvidaba de todo. En un comienzo le pareció que bajaba desde muy alto, por entre las estrellas, sin tocarlas nunca, con una suave vacilación de plumas que desciende. Imaginóse que unas alas le habían brotado de las hombros por entre las roturas de su rebozo, cuyas puntas, al bajar, se agitaban en el aire puro, transparente, lleno de luminoso sosiego.
Y nada más, Pichuca no alcanzó a notar el silencio de las grandes campanas ni la soledad gris del templo donde brilló como un astro de fuego la lamparilla votiva, ni menos la fuga del incienso a través de los vitrales entreabiertos, a fundir su azulada tenuidad con el alma roja del polvo, detenido sobre la noche.

viernes, 4 de julio de 2008

historieta...La Noche boca arriba






"Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;le llamaban la guerra florida."
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones(...)
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. "





¿Alguna vez leíste " La Noche Boca Arriba", de Julio Cortázar? Me aterraba pensar que estuviésemos en un sueño, tal como el motociclista, y que despertásemos en cualquier momento a la realidad... Despertar a una situación escalofriante como la de ese moteca que huye de los aztecas que los salían a cazar...
Esta historieta o cómics es de César Toro y creo que captó, en sus viñetas, la esencia de este maravilloso cuento.

Leer "La noche boca arriba"